martes, 11 de julio de 2017

La Eucaristía un sacrificio que perdura…


Cuantas veces vamos a Misa pero nuestra mente, pensamientos, todo nuestro ser parece estar en mil lugares menos en la misma celebración litúrgica de la Eucaristía.  Si fuésemos sacar estadísticas un alto porcentaje de los presentes “estamos en ese barco.”  No mi intención criticar a los que por alguna razón u otra estamos en esta descuidada (desinteresada, etc.) postura en Misa.  Si bien leemos verán que uso la forma gramática de tercera persona plural para incluirme a mí en esta descuida disposición en la Santa Misa.
Ahora bien, para entrar en contexto del tema de la “Eucaristía como Sacrificio” hay que tener muy presentes la significación precisa de los términos que estoy presentando.   En primer lugar definamos la palabra “eucaristía” y luego la palabra “sacrificio.”
Eucaristía es una palabra que proviene del griego (griego de la koiné o del pueblo) y significa “acción de gracias.”  Para poder entender esto es muy conveniente tener muy claro el contexto bíblico.  El canon de la Misa o las palabras que pronuncia el sacerdote en la consagración de la Misa las podemos leer en el Evangelio de San Mateo.  “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo».  Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados”  (Mt. 26, 26-28).  Vamos a concentrarnos en la parte que dice “dio gracias” (Mt. 26, 27).  Cuando las primeras generaciones de seguidores de Cristo (cristianos) celebraban la Fracción del Pan (Eucaristía) la palabra que usaban por “dio gracia” era “eucharistia” de esta palabra en griego es que tenemos hoy en día la palabra eucaristía (en español).
La palabra “sacrificio” por su parte proviene del latín sacrificium.”  Vamos a dividir esta palabra para sacarle mejor sentido (y lógica por así decirlo).  “Sacri” ósea sacro, sagrado y/o santo.  Esta primera parte de este termino seria santificar y hacer lo sagrado.  La segunda parte “facere” lo va a suceder.  Literalmente “sacrificio” seria hacer santa (o santificar) las cosas.  El sacrificio bajo ninguna circunstancia implica la muerte o las tinieblas.  Podemos decir ciertamente que denota luz y vida.  Por sacrificio se entiende en general como una ofrenda a Dios para mostrar veneración con el objeto de obtener comunión con El.  Veamos el contexto bíblico sobre el sacrificio.

Los Ritos del Sacrificio Sangriento
El ritual para el sacrificio sangriento es de especial significación para comprender el concepto del sacrificio judío. Hay cinco acciones que eran comunes a los diferentes sacrificios de los judíos:
1 – La presentación de la víctima – (Éxodo 29,42)
2 – La imposición de manos sobre la víctima – (Levítico 4,15)
3 – Matar la víctima – era el sacerdote quien las inmolaba (Levítico 1,15).
4 – Rociar la sangre – La verdadera función del sacrificio comenzaba con el cuarto acto,
l rociado de la sangre que, según la ley, solo lo podían hacer los sacerdotes (Levítico 1, 5)
5 – La quema del sacrificio – (Deuteronomio 4,24; Levítico 9,24)

El Sacrificio Cristiano
En el cristianismo todo sacrificio (de nuestra vida diaria) se une al Sacrificio que de Cristo.  Jesucristo se ofrece a si mismo como cordero Pascual, de manera sangrienta en la Cruz una vez para siempre. La Cruz es el sacrificio definitivo que contiene todos los méritos necesarios para la redención de los hombres. Pero para aplicarlos a cada persona, Cristo mismo instituyó el Santo Sacrificio de la Misa, el cual es la continuación no sangrienta y la representación del sacrificio sangriento del Calvario.  Se trata de un continuo sacrificio y no de una repetición.
Todos los antiguos sacrificios eran solo un signo del único sacrificio que puede salvarnos o sea el sacrificio de Jesús. Porque solo Él puede reparar ante el Padre como Dios y hombre, ofreciéndole el perfecto sacrificio de amor y obediencia por nuestro desamor y desobediencia (vida de pecado).

Texto Bíblico. Jn 6, 56-58.
El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me ha enviado vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el que comieron los padres, y murieron. El que come este pan vivirá eternamente.

La Eucaristía nos hace una Iglesia más evangelizadora que educa en la fe para               la misión.
La comunidad de los discípulos de Jesús no vive para sí misma, sino que se identifica como enviada; una comunidad que, como el mismo Señor, vive en estado de misión: "Como el Padre me envió, así también yo los envío" (Juan 20,21). Al participar del gran banquete de la Eucaristía, también somos enviados como los mismos discípulos.
El mensaje de la comunidad, claro y decidido, es el del apóstol Pedro en Pentecostés: "Dios resucitó a este Jesús, de lo cual somos testigos nosotros" (Hechos 2,32). En la Eucaristía Jesús aparece en medio de la comunidad y la educa para la misión. Por eso ese “vayamos en la paz del Señor” del sacerdote al finalizar la Eucaristía, nos indica nuestro compromiso delante de nuestra realidad.
Para entender que la Misión se alimenta de la Eucaristía, es necesario entender que quien hace misión es la Iglesia (tú y yo); de ahí que: evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma; constituyéndose así en comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada y, comunidad de amor fraterno.
La celebración de la Misa es el ámbito privilegiado para que la comunidad cristiana sea evangelizada y evangelizadora:

a)    Allí escucha la Palabra de la que ha de ser testigo.
b)    En la plegaria eucarística hace memoria de las maravillas realizadas por Dios a favor de los hombres, maravillas (historia de salvación) que ha de proclamar.
c)    En la comunión se alimenta del Pan de Vida, con la certeza de que Cristo está en la comunidad y ésta en él (Juan 6,57-58).

La Eucaristía nos hace una Iglesia más comunitaria
Evangelizar es un acto eclesial. "...Ningún evangelizador es dueño absoluto de su acción evangelizadora, con un poder discrecional para cumplirla según sus criterios y perspectivas individualistas, sino en comunión con la Iglesia y sus Pastores" De ahí que nadie puede llamarse evangelizador a titulo personal, si no está en comunión con la Iglesia que se alimenta de la Eucaristía.
En la celebración de la Eucaristía no solamente aprendemos a ser comunidad, sino que para poder celebrarla debemos ser ya comunidad. Pero, además, la eucaristía crea la comunidad a través de diversas mediaciones: en el rito penitencial, Dios nos concede su perdón y mutuamente nos perdonamos, Orando, cantando, alabando y dando gracias juntos, crecemos como Iglesia. Pero, sobre todo, la comunidad se realiza en la comunión eucarística.

La Eucaristía nos hace una Iglesia más solidaria
En la Eucaristía aprendemos, vivimos y celebramos la solidaridad.
Si en el acontecimiento de la multiplicación de los panes (Lucas 9,12-17) aprendemos de Jesús a ser solidarios, en el Sacramento del pan de vida esa solidaridad llega a extremos insospechados.
Comulgar con el cuerpo y la sangre de Jesús nos compromete a vivir la solidaridad con todos, sobre todos los más hambrientos y sedientos. Se estrechan los vínculos de los miembros de un mismo cuerpo y de las ramas de una misma vid.
Es necesario, decía el papa Juan Pablo II, recordar a toda la Iglesia en América, el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad, lazo que la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística. La participación en la Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más intensa como fruto de la gracia recibida en este sacramento" (Cfr. Juan Pablo II, La Iglesia en América, n.35).

¿Está Cristo presente en la Eucaristía?
Son varios los caminos por los que podemos acercarnos al Señor Jesús y así vivir una existencia realmente cristiana, es decir, según la medida de Cristo mismo, de tal manera que sea Él mismo quien viva en nosotros (ver Gál 2,20). Una vez ascendido a los cielos el Señor nos dejó su Espíritu. Por su promesa es segura su presencia hasta el fin del mundo (ver Mt 28, 20). Jesucristo se hace realmente presente en su Iglesia no sólo a través de la Sagrada Escritura, sino también, y de manera más excelsa, en la Eucaristía.
¿Qué quiere decir Jesús con "venid a mí"? Él mismo nos revela el misterio más adelante: "Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, el que crea en mí no tendrá nunca sed." (Jn 6, 35). Jesús nos invita a alimentarnos de Él. Es en la Eucaristía donde nos alimentamos del Pan de Vida que es el Señor Jesús mismo.
¿No está Cristo hablando de forma simbólica?
Cristo, podría estar hablando simbólicamente. Él dijo: "Yo soy la vid" y Él no es una vid; "Yo soy la puerta" y Cristo no es una puerta.
Pero el contexto en el que el Señor Jesús afirma que Él es el pan de vida no es simbólico o alegórico, sino doctrinal. Es un diálogo con preguntas y respuestas como Jesús suele hacer al exponer una doctrina.
A las preguntas y objeciones que le hacen los judíos en el Capítulo 6 de San Juan, Jesucristo responde reafirmando el sentido inmediato de sus palabras. Entre más rechazo y oposición encuentra, más insiste Cristo en el sentido único de sus palabras: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (v.55).
Esto hace que los discípulos le abandonen (v. 66). Y Jesucristo no intenta retenerlos tratando de explicarles que lo que acaba de decirles es tan solo una parábola. Por el contrario, interroga a sus mismos apóstoles: "¿También vosotros queréis iros?". Y Pedro responde: "Pero Señor... ¿con quién nos vamos si sólo tú tienes palabras de vida eterna?" (v. 67-68).
Los Apóstoles entendieron en sentido inmediato las palabras de Jesús en la última cena. "Tomó pan... y dijo: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo." (Lc 22,19). Y ellos en vez de decirle: "explícanos esta parábola," tomaron y comieron, es decir, aceptaron el sentido inmediato de las palabras. Jesús no dijo "Tomad y comed, esto es como si fuera mi cuerpo.es un símbolo de mi sangre".
Alguno podría objetar que las palabras de Jesús "haced esto en memoria mía" no indican sino que ese gesto debía ser hecho en el futuro como un simple recordatorio, un hacer memoria como cualquiera de nosotros puede recordar algún hecho de su pasado y, de este modo, "traerlo al presente" . Sin embargo esto no es así, porque memoria, anamnesis o memorial, en el sentido empleado en la Sagrada Escritura, no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. Así, pues, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz permanece siempre actual (ver Hb 7, 25-27). Por ello la Eucaristía es un sacrificio (ver Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1363-1365).
San Pablo expone la fe de la Iglesia en el mismo sentido: "La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". (1Cor 10,16). La comunidad cristiana primitiva, los mismos testigos de la última cena, es decir, los Apóstoles, no habrían permitido que Pablo transmitiera una interpretación falsa de este acontecimiento.
Los primeros cristianos acusan a los docetas (aquellos que afirmaban que el cuerpo de Cristo no era sino una mera apariencia) de no creer en la presencia de Cristo en la Eucaristía: "Se abstienen de la Eucaristía, porque no confiesan que es la carne de nuestro Salvador." San Ignacio de Antioquía (Esmir. VII).
Finalmente, si fuera simbólico cuando Jesús afirma: "El que come mi carne y bebe mi sangre...", entonces también sería simbólico cuando añade: "...tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día" (Jn 6,54). ¿Acaso la resurrección es simbólica? ¿Acaso la vida eterna es simbólica?
Todo, por lo tanto, favorece la interpretación literal o inmediata y no simbólica del discurso. No es correcto, pues, afirmar que la Escritura se debe interpretar literalmente y, a la vez, hacer una arbitraria y brusca excepción en este pasaje.
Si la misa rememora el sacrificio de Jesús, ¿Cristo vuelve a padecer el Calvario en cada Misa?
La carta a los Hebreos dice: "Pero Él posee un sacerdocio perpetuo, porque permanece para siempre... Así es el sacerdote que nos convenía: santo inocente...que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día... Nosotros somos santificados, mediante una sola oblación ... y con la remisión de los pecados ya no hay más oblación por los pecados." (Hb 7, 26-28 y 10, 14-18).
La Iglesia enseña que la Misa es un sacrificio, pero no como acontecimiento histórico y visible, sino como sacramento y, por lo tanto, es incruento, es decir, sin dolor ni derramamiento de sangre (ver Catecismo de la Iglesia Católica n. 1367).
Por lo tanto, en la Misa Jesucristo no sufre una "nueva agonía", sino que es la oblación amorosa del Hijo al Padre, "por la cual Dios es perfectamente glorificado y los hombres son santificados" (Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium n. 7).
El sacrificio de la Misa no añade nada al Sacrificio de la Cruz ni lo repite, sino que "representa," en el sentido de que "hace presente" sacramentalmente en nuestros altares, el mismo y único sacrificio del Calvario (ver Catecismo de la Iglesia Católica n. 1366; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios n. 24).
El texto de Hebreos 7, 27 no dice que el sacrificio de Cristo lo realizó "de una vez y ya se acabó", sino "de una vez para siempre". Esto quiere decir que el único sacrificio de Cristo permanece para siempre (ver Catecismo de la Iglesia Católica n. 1364). Por eso dice el Concilio: "Nuestro Salvador, en la última cena, ... instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz." (ver Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium n. 47). Por lo tanto, el sacrificio de la Misa no es una repetición sino re-presentación y renovación del único y perfecto sacrificio de la cruz por el que hemos sido reconciliados.

ADORACION EUCARÍSTICA
Siendo el pan una comida que nos sirve de alimento y se conserva guardándole, Jesucristo quiso quedarse en la tierra bajo las especies de pan, no solo para servir de alimento a las almas que lo reciben en la sagrada Comunión, sino también para ser conservado en el sagrario y hacerse presente a nosotros, manifestandonos por este eficacísimo medio el amor que nos tiene.
En toda forma de culto a este Sacramento hay que tener en cuenta que su intención debe ser una mayor vivencia de la celebración eucarística. Las visitas al Santísimo, las exposiciones y bendiciones han de ser un momento para profundizar en la gracia de la comunión, revisar nuestro compromiso con la vida cristiana; la verificación de cada uno ante la Palabra del Evangelio, el asomarse al silencioso misterio del Dios callado... Esta dimensión individual del tranquilo silencio de la oración, estando ante él en el amor, debe impulsar a contrastar la verdad de la oración, en el encuentro de los hermanos, aprendiendo también a estar ante ellos en la comunicación fraternal.
La Exposición
La exposición y bendición con el Santísimo Sacramento es un acto comunitario en el que debe estar presente la celebración de la Palabra de Dios y el silencio contemplativo. La exposición eucarística ayuda a reconocer en ella la maravillosa presencia de Cristo o invita a la unión más íntima con él, que adquiere su culmen en la comunión Sacramental.
Habiéndose reunido el pueblo y, si parece oportuno, habiéndose iniciado algún cántico, el ministro se acerca al altar. Si el Sacramento no se reserva en el altar de la exposición, el ministro, con el paño de hombros lo trae del lugar de la reserva, acompañado por acólitos o por fieles con velas encendidas.
El copón o la custodia se colocará sobre el altar cubierto con mantel; mas si la exposición se prolonga durante algún tiempo, y se hace con la custodia, se puede usar el manifestador, colocado en un lugar más alto, pero teniendo cuidado de que no quede muy elevado ni distante. Si se hizo la exposición con la custodia, el ministro inciensa al Santísimo; luego se retira, si la adoración va a prolongarse algún tiempo.
Si la exposición es solemne y prolongada, se consagrará la hostia para la exposición, en la Misa que antes se celebre, y se colocará sobre él altar, en la custodia, después de la comunión. La Misa concluirá con la oración después de la comunión, omitiendo los ritos de la conclusión. Antes de retirarse del altar, el sacerdote, si se cree oportuno, colocará la custodia y hará la incensación.
La Adoración
Durante el tiempo de la exposición, se dirán oraciones, cantos y lecturas, de tal suerte que los fieles, recogidos en oración, se dediquen exclusivamente a Cristo Señor.
Para alimentar una profunda oración, se deben aprovechar las lecturas de la sagrada Escritura, con la homilía, o breves exhortaciones, que promuevan un mayor aprecio del misterio eucarístico. Es también conveniente que los fieles respondan a la palabra de Dios, cantando. Se necesita que se guarde piadoso silencio en momentos oportunos.
Ante el Santísimo Sacramento expuesto por largo tiempo, se puede celebrar también alguna parte, especialmente las horas más importantes de la Liturgia de las Horas; por medio de esta recitación se prolonga a las distintas horas del día la alabanza y la acción de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Misa, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por Cristo al Padre, en nombre de todo el mundo.

ACTIVIDAD:
1.- Que es el sacramento de la Eucaristía?
2.- ¿Cuál es tu compromiso como cristiano, al alimentarte con el gran sacramento de la Eucaristía?
3.- ¿Se notan en tu comunidad, que quienes se alimentan de la Eucaristía, son buenos cristianos, buenas personas y son solidarios?
4.- Cuando comulgues. Cual será tu actitud? Serás como el resto de las personas que van a misa y comulgan?


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